4 marzo, 2024
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La historia de adopción de unos padres narrada en redes: “En estos días he tenido que leer que la adopción es igual que la gestación subrogada para defender la primera opción”

Esta profesora, y también madre, ha decidido contar su historia tras la polémica generada durante los últimos días sobre la gestación subrogada.

“En estos días he tenido que leer que la adopción es igual que la gestación subrogada para defender la primera opción. Y quiero contaros nuestra historia. En el año 2005 decidimos adoptar. Era algo que habíamos hablado desde mucho antes, pero que a raíz de aquel terrible documental de “Las habitaciones de la muerte”, nos había removido por dentro e iniciamos los pasos para adoptar.

Primero solicitamos en la consejería de Igualdad y Bienestar Social, nuestra intención de empezar los trámites. Era marzo, y en otoño nos llamaron para los cursos de formación, que duraron hasta enero de 2006. En ese momento, comenzó el proceso de idoneidad, en el que tanto psicólogos, como trabajadores sociales, valoraron nuestras capacidades y actitudes, nuestra vida social y familiar, nuestros recursos y red de apoyos, nuestra vida entera, en un proceso que te pone los bolsillos del alma del revés, para decidir si éramos o no aptos para la adopción.

El mejor regalo fue que nos dieron esa idoneidad a principios de marzo, que es mi cumpleaños. Entre medias ya habíamos tendido tiempo de informarnos sobre agencias de adopción, países y requisitos.

España sólo contemplaba la adopción con países que hubiesen firmado el Convenio Internacional de La Haya. Es una de las garantías de que el proceso sería limpio y transparente, y que por encima de todo está el derecho del menor a tener una familia, no el de los padres a cumplir un deseo, aunque sea lo que nos haya movido a todos.

Durante meses nos expusimos a todo tipo de casos prácticos complejos y difíciles. Seríamos los padres de niños y niñas que han sufrido un abandono, o abusos, o malos tratos, en cualquier caso, vidas marcadas desde el inicio por circunstancias que siempre les acompañarían.

Nos hablaron de que podría haber enfermedades genéticas que desconoceríamos al carecer de expedientes médicos o antecedentes familiares. Que podamos sufrir rechazo en alguna etapa de sus vidas, al tratar de gestionar sus orígenes y su lugar en el mundo.

Nos recordaron que sus rasgos, diferentes a los nuestros, serían objeto de incomprensión. Que no se elige un hijo, como quién elige un coche. Y nos expusimos a todo lo negativo que podemos encontrar, porque lo bueno viene solo, y de lo otro, es absolutamente necesario que nos lo hagan entender muy clarito, para saber los pasos que dábamos.

Si aún así queríamos seguir, en algún lugar del mundo, un niño o una niña encontrarían una familia para siempre. Y seguimos adelante. Tardamos 6 meses en preparar nuestro expediente. Hicimos un deposito de dinero para la tramitación, traducción y registro en el país de origen, porque la adopción nacional en ese momento era una vía parada, aunque también habíamos expediente abierto en España. En noviembre de 2006, nuestro expediente se perdió en el centro de adopciones chino.

Y a partir de ahí, comenzó la espera. Alguien de la agencia nos dijo que en menos de 11 meses, seríamos padres. Pero tuvieron que pasar 9 años más para conseguirlo. Y dos renovaciones de idoneidad, con todo lo que conllevaban.

Y por fin, en noviembre de 2013, habiendo sido padres biológicos por el camino sin esperarlo, llegó esa llamada, que es como parir con el alma en la distancia. Un niño de 7 meses nos esperaba una distancia de 10.000 km. Tardamos dos meses en preparar la documentación y el viaje.

En la agencia de adopción, antes de enseñarnos sus fotos el día que nos citaron, nos avisaron que era muy prematuro. Que había sido abandonado el mismo día de su nacimiento junto a un silo de grano. Que alguien había llamado a las autoridades, y que le habian llevado al orfanato más cercano, donde estuvieron 5 meses en incubadora. Y que debimos decidir si seguimos adelante con él o no, aceptar su expediente, era aceptar las posibles consecuencias de esa situación.

Y sin dudarlo, dijimos que sí. Así que un 13 de enero de 2014, aterrizamos en Nanging con todos los miedos y toda la esperanza del mundo. La historia ya la contó muchas veces. Dos semanas de angustia porque el peque no estaba bien, un vuelo de 17 horas interminables, otras casi dos horas de AVE a Córdoba, familia, amigos, y hasta mis niños de clase y sus padres esperándonos en la estación, y nosotros corriendo al hospital Reina Sofía, donde se quedó ingresado 10 días.

Luego, tras la vuelta a casa, empezaría el calvario de pruebas y especialistas, para ver qué sucedía con su desarrollo, que ya no era solo el que a sus 9 meses no sostuvo la cabeza o que sus costillas estuvieron abiertas, sino el cognitivo, el motor, el general, muy por detrás de cualquier niño de su edad, y no solo por su institucionalización, estaban seguros que había algo mas.

Tras casi año y medio de pruebas, llegó el diagnóstico: una leucomalacia periventrivular, por ictus perinatal, una hemiparesia derecha, y años después, añadieron rasgos TEA por la lesión de entrada y salida en la comunicación, que le hicieron actuar a todos los efectos como tal y comenzó nuestra lucha, para darle la mayor calidad de vida y de futuro.

Me han llegado a preguntar si no había posibilidad de “devolverlo”, ante lo que siempre él respondió lo mismo: si en el paritorio te dicen que tu hijo ha nacido con un problema, ¿le hubieses dicho que se lo llevaran y te trajesen uno nuevo, con garantías?… La pregunta se responde sola. Pues con la adopción igual.

No es una maternidad de segunda clase. No es un hijo con menos derechos. No es un vínculo con fecha en un contrato. No es la carne, ni la sangre, lo que nos hace padres e hijos. Es el amor. Sin condiciones, cláusulas, ni letra pequeña.

Y esa es nuestra historia, la de la mayoría de familias que hemos adoptado. Así que no, no es igual.

Ojalá las circunstancias hubiesen sido distintas, sobre todo por el pequeño dragón, por su futuro y por todo lo que no podrá hacer. Pero mientras escribo, está muerto de risa porque su padre le está haciendo cosquillas. Esa es mi garantía, la de su felicidad.

Porque en eso consiste ser padres, en quererlos tal y como son, con su mochila del pasado, con las dificultades del presente y con la esperanza de un futuro siempre mejor.

Gracias por leer hasta aquí.

Y no, no somos seres de luz ni nada parecido. En las terapias a las que asiste mi hijo, hay varias familias adoptivas más, cuyos hijos, como el mío, arrastran mochilas muy pesadas. Y ahí están, demostrando que ser familia es algo que se construye con las cartas de la vida”, cuenta @larotesmeyer en sus redes sociales.

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